martes, 4 de septiembre de 2012

En busca del Dr. Lovejoy


La casa estaba llena de telarañas, empecé a quitarlas con un plumero mientras trataba de encontrar alguna lógica a la desaparición del Dr.  Lovejoy. Al mismo tiempo sentía una extraña aprensión por tener el extraño placer de estar ahí solo y sin que la policía o su familia hubieran alterado la disposición de las cosas.  Había intentado un contacto con la hija de Lovejoy, sin éxito. Ella vivía en una aldea hippy en la sierra de Morelos. Yo tenía las llaves por una situación inverosímil. Decidí que una vez que encontrara sitio en mi mente para pensar en ella haría el viaje para verla.
El Dr. Lovejoy desafió al sistema académico de muchas y muy variadas formas. Uno hubiera pensado que el hombre tenía un plan, un sistema; pero no. Sus aventuras en el activismo y más aún en la resistencia en contra del dogmatismo imperante me recuerdan las aventuras de Cósimo Piovasco en el Barón Rampante. Un hombre empeñado en irse por las ramas, por así decirlo. Sin embargo el Dr. Lovejoy fue persistente en atacar los cimientos de los paradigmas epistemológicos de su tiempo. Se alió con Elaine Morgan y su teoría del mono acuático precursor del Homo sapiens; denostó la teoría de la sabana como medio que impulsó un supuesto salto cuántico evolutivo; estuvo con Carry Mullis y Peter
Duesberg y con los otros negacionistas del virus VIH como causante del sida. Se empeñó en ser un científico marginal en más de un sentido, y apostó por las causas equivocadas una y otra vez. Aún así, o más bien justamente por eso, su legado está lejos de ser valorado con justicia.
Harry Lovejoy, como saben, desapareció, quizá fue secuestrado, o quizá se trató de un escape voluntario. Se habla de una supuesta excursión de trabajo a Borneo, pero no hay una sola evidencia de que haya salido del país y en su agenda el viaje no aparece mencionado. Además, Lovejoy tenía años sin salir de excursión. Se encontraba muy avanzado en sus estudios científicos y fenomenológicos sobre la conciencia, un tema que suele resultar demasiado metafísico - quizá justamente porque lo es- a la comunidad científica y académica occidental. Se trata de un científico marginal, un medium en el sentido más precavido posible. Sin embargo, sus ideas no llegaron a calar hondo en su grupo de alumnos en la universidad: unos con miedo y otros con recelo se retiraron a áreas más seguras y lucrativas de las ciencias. No ayudó que el Dr. Lovejoy se hubiese aliado con gente indeseable según las normas de la comunidad: curanderos, telépatas, videntes, maestros de yoga y monjes tibetanos.
El detective con el que hablé me dijo "no tengo un cuerpo, no tengo sangre, no tengo un rastro. No sé. De ahí realmente es una cuestión de qué quieras creer. Si está muerto, vivo o secuestrado es lo que trataremos de investigar". Yo tenía ya mucho sueño pero no podía dejar de leer la correspondencia del Dr. con ciertos colegas suyos; si bien, en muchas de ellas, se leía su desesperación, en muchas otras se le sentía resignado, incluso sarcástico. Para penetrar en el misterio de su desaparición en aquellos primeros días tuve que resistir el instinto conspirador, pero para desdicha de los escépticos habían demasiados cabos sueltos, y no había forma de negar que ciertas personas dormían mejor con su lamentable pérdida.
Lo que encontré en esa casa abandonada no arrojaba ninguna luz sobre su desaparición, pero sí iluminó el camino de su búsqueda.
El Dr. Lovejoy es,  por formación, biólogo evolucionista y neurólogo. Además es matemático y filósofo, y está muy interesado en la epistemología y la fenomenología. Si parece excesivo, la palabra lo describe perfectamente. Tuvo la extraña capacidad de vincular toda su investigación a su búsqueda personal. Cuando uno toma como objeto de investigación científica el estudio de la conciencia, se atrae siempre curiosidades equívocas y compañías no deseadas. Se puede especular sobre si esto es o no un complot, sobre si hay un plan de parte de las agencias federales o no, pero en realidad no se sabe nada. Todo el asunto está envuelto en un misterio creado en parte por la hija (heredera de su moderada fortuna) y en parte por la ineptitud o corrupción, o ambas cosas, de la policía. La Universidad se desentendió inmediatamente del asunto, por motivos políticos. No les convenía el escándalo.
Algunos investigadores alzaron levemente la voz y después volvieron a esconder sus cabezas en sus cubículos. Había muchas hipótesis, pero yo decidí resolver la situación recurriendo a métodos del ideario del profesor Lovejoy.