Aunque tengo que decir que no soy científico - así como no soy religioso -, me gustaría decir algo sobre los dogmas, tanto religiosos como científicos. Una de las imágenes más recalcitrantes dentro de la iconografía científica, es la del mono irguiéndose mientras su cuerpo va evolucionando y su genoma mutando en su camino hacia la humanidad. Esta imagen es casi sagrada y ha sido adoptada por casi todas las corrientes de pensamiento científico. Está impresa no sólo en los libros de texto, sino en el inconsciente colectivo. Hay demasiadas indicaciones pero no hay una teoría científica que explique cómo fue que nuestros parientes los chimpancés, con los que supuestamente compartimos abuelos, mutaron aproximadamente el 2 % de su genoma para convertirse en la especie dominante del planeta y la única especie con el poder de hacer inviable cualquier habitación en el mismo. En realidad ya es bastante difícil entender cómo es que dentro de tan poca variación en los genomas del chimpancé y del hommo sapiens haya tantas diferencias, pero claro, esta es una opinión antropocéntrica. Quizá desde la perspectiva de un mandril las diferencias están más que justificadas en el porcentaje variante. No es orgullo de especie, pero el homo sapiens tiene en verdad poderes increíbles: dejemos a un lado el hecho de que podemos crear bellas melodías (como las ballenas) o que podamos inventar máquinas pavorosas (como los topos). La habilidad que realmente me inquieta es la de producir cosmovisiones para explicar nuestra realidad. Porque quizá seamos la única especie alucinada que cada tanto, a lo largo de la historia, piensa que lo que llamamos realidad es demasiado parecida a los sueños. Otras especies quizás sueñan pero no se preguntan cuando despiertan: ¿a dónde se fue el elefante con el que estaba soñando?
Pero volvamos al tema del chimpancé. Mahinda Weerasinghe publicó en The Island un extenso artículo donde llama la atención a ciertas implicaciones sobre el concepto “Evolución”, así como lo plantea la escuela darwiniana. Justifica, para empezar, la reacción natural de explicar el mundo desde lo material, incluyendo conceptos como vida o conciencia; se trata, dice, de una reacción al abuso de los dogmas judeo-cristianos sobre Dios, el alma, la creación, etc. Pero lo que sucedió desde el cambio de cosmovisión ocasionado por Darwin es una sustitución del determinismo fatalista por un determinismo mecánico, ya que de acuerdo con esa visión, lo que somos está en gran medida determinado por el azar de la danza de los genes, y por lo tanto el sistema sigue careciendo del libre albedrío, además de principios como el ético y el principio de acción.
Mahinda propone algunas consideraciones sobre los dogmas de la evolución, como las siguientes. Nuestro pariente más cercano - según los biólogos moleculares: el chimpancé-, subsiste sin ningún signo de progreso después de 4 millones de años. Si comparamos su desarrollo con el de los homínidos, su apego por el
status quo es simplemente desconcertante. El otro problema que plantea es ¿cómo fue que estos chimpancés nunca murieron ni fueron eliminados por la colonia de homínidos egoístas con los que debieron haber competido por los mismos recursos?
De acuerdo con su hipótesis no es la selección natural -esa lotería genética-, la que determina la evolución, sino el principio sensorial. Lo que los individuos buscan es una mayor gratificación sensorial y para esto van perfeccionando sus habilidades y buscando mejorar su experiencia. Por eso podríamos haber perdido el pelo corporal, incrementado la duración del coito y desarrollado el tamaño del pene o de los senos (o las dos cosas). No por una supuesta adaptabilidad reproductiva sino para incrementar la gratificación, el gozo.
Lo que esta teoría del desarrollo de las sensaciones propone, siempre según Mahinda Weerasinghe, es que si una criatura desea experimentar y lograr los placeres sensoriales debe actuar. Por lo tanto una teoría de acción es condicional al desarrollo sensorial. Y estas acciones están condicionadas por el estatus sensorial del mecanismo cuerpo-mente y su situación socio-económica. En oposición a la teoría Darwinista y sus derivaciones que carecen en su fundamento de un principio de acción.
Decir que un individuo carece de auto-determinación, y por lo tanto está fatalista o mecánicamente limitado, es hacer una burla de sus necesidades, ambiciones y aspiraciones. Esto significaría que la vida es una lucha mecánica sin sentido. No vivimos – dice el artículo– para la gloria superior de un Dios desconocido, ni para reproducir nuestros genes y mandarlos más allá en el tiempo y en el espacio por alguna razón abstracta, sino para vivir y experimentar placer y dolor aquí y ahora.
Interesante teoría. Por cierto. Hace algunos años escuché de muy buena fuente otra teoría, budista también, según la cual, los humanos actuales no provienen de la evolución de los monos sino de la degeneración de los dioses.