jueves, 1 de febrero de 2007

Ecce homo

Aunque tengo que decir que no soy científico - así como no soy religioso -, me gustaría decir algo sobre los dogmas, tanto religiosos como científicos. Una de las imágenes más recalcitrantes dentro de la iconografía científica, es la del mono irguiéndose mientras su cuerpo va evolucionando y su genoma mutando en su camino hacia la humanidad. Esta imagen es casi sagrada y ha sido adoptada por casi todas las corrientes de pensamiento científico. Está impresa no sólo en los libros de texto, sino en el inconsciente colectivo. Hay demasiadas indicaciones pero no hay una teoría científica que explique cómo fue que nuestros parientes los chimpancés, con los que supuestamente compartimos abuelos, mutaron aproximadamente el 2 % de su genoma para convertirse en la especie dominante del planeta y la única especie con el poder de hacer inviable cualquier habitación en el mismo. En realidad ya es bastante difícil entender cómo es que dentro de tan poca variación en los genomas del chimpancé y del hommo sapiens haya tantas diferencias, pero claro, esta es una opinión antropocéntrica. Quizá desde la perspectiva de un mandril las diferencias están más que justificadas en el porcentaje variante. No es orgullo de especie, pero el homo sapiens tiene en verdad poderes increíbles: dejemos a un lado el hecho de que podemos crear bellas melodías (como las ballenas) o que podamos inventar máquinas pavorosas (como los topos). La habilidad que realmente me inquieta es la de producir cosmovisiones para explicar nuestra realidad. Porque quizá seamos la única especie alucinada que cada tanto, a lo largo de la historia, piensa que lo que llamamos realidad es demasiado parecida a los sueños. Otras especies quizás sueñan pero no se preguntan cuando despiertan: ¿a dónde se fue el elefante con el que estaba soñando?

Pero volvamos al tema del chimpancé. Mahinda Weerasinghe publicó en The Island un extenso artículo donde llama la atención a ciertas implicaciones sobre el concepto “Evolución”, así como lo plantea la escuela darwiniana. Justifica, para empezar, la reacción natural de explicar el mundo desde lo material, incluyendo conceptos como vida o conciencia; se trata, dice, de una reacción al abuso de los dogmas judeo-cristianos sobre Dios, el alma, la creación, etc. Pero lo que sucedió desde el cambio de cosmovisión ocasionado por Darwin es una sustitución del determinismo fatalista por un determinismo mecánico, ya que de acuerdo con esa visión, lo que somos está en gran medida determinado por el azar de la danza de los genes, y por lo tanto el sistema sigue careciendo del libre albedrío, además de principios como el ético y el principio de acción.
Mahinda propone algunas consideraciones sobre los dogmas de la evolución, como las siguientes. Nuestro pariente más cercano - según los biólogos moleculares: el chimpancé-, subsiste sin ningún signo de progreso después de 4 millones de años. Si comparamos su desarrollo con el de los homínidos, su apego por el status quo es simplemente desconcertante. El otro problema que plantea es ¿cómo fue que estos chimpancés nunca murieron ni fueron eliminados por la colonia de homínidos egoístas con los que debieron haber competido por los mismos recursos?

De acuerdo con su hipótesis no es la selección natural -esa lotería genética-, la que determina la evolución, sino el principio sensorial. Lo que los individuos buscan es una mayor gratificación sensorial y para esto van perfeccionando sus habilidades y buscando mejorar su experiencia. Por eso podríamos haber perdido el pelo corporal, incrementado la duración del coito y desarrollado el tamaño del pene o de los senos (o las dos cosas). No por una supuesta adaptabilidad reproductiva sino para incrementar la gratificación, el gozo.
Lo que esta teoría del desarrollo de las sensaciones propone, siempre según Mahinda Weerasinghe, es que si una criatura desea experimentar y lograr los placeres sensoriales debe actuar. Por lo tanto una teoría de acción es condicional al desarrollo sensorial. Y estas acciones están condicionadas por el estatus sensorial del mecanismo cuerpo-mente y su situación socio-económica. En oposición a la teoría Darwinista y sus derivaciones que carecen en su fundamento de un principio de acción.
Decir que un individuo carece de auto-determinación, y por lo tanto está fatalista o mecánicamente limitado, es hacer una burla de sus necesidades, ambiciones y aspiraciones. Esto significaría que la vida es una lucha mecánica sin sentido. No vivimos – dice el artículo– para la gloria superior de un Dios desconocido, ni para reproducir nuestros genes y mandarlos más allá en el tiempo y en el espacio por alguna razón abstracta, sino para vivir y experimentar placer y dolor aquí y ahora.
Interesante teoría. Por cierto. Hace algunos años escuché de muy buena fuente otra teoría, budista también, según la cual, los humanos actuales no provienen de la evolución de los monos sino de la degeneración de los dioses.

7 comentarios:

Paula dijo...

Claro, ¿Quién no se acuerda de la gráfica de la escalera en algún libro de biología de secundaria? Más que dogma científico es un dogma pedagógico. El dibujo tiene de un lado un chimpancé seguido por varias especies de homínidos en progresión lineal hasta llegar al hombre moderno. Mi primera conclusión cuando la Miss Chela (se llamaba Graciela y sí, todo mundo se la cotorreaba) nos enseñó el diagrama fue pensar que los chimpancés eran una especie de abuelos lejanos y que mis descendientes futuros serían una especie de aliens con cabezota y sin dedo gordo del pie. Es común todavía ver en libros de texto de biología la gráfica de “la escalera” para representar el origen y la evolución del hombre. Algunas ilustraciones inclusive incluyen otras especies antes del primate. Así se cuenta la historia del origen del hombre, desde el renacuajo hasta el ejecutivo con corbata y portafolio samsonite. Pero este dibujito de la evolución “en escalera” tatuado ya en la mente colectiva, es precisamente el culpable de una concepción errónea de la teoría de la evolución porque comunica varias falacias. Estas son algunas:

-Que la evolución es una especie de progreso. Un proceso lineal que avanza hacia una meta y que tiene un inicio y un final. En el dibujo pareciera como si la evolución tuviera dirección, propósito u objetivos predeterminados y el hombre o la inteligencia fueran el fin último. A lo mejor por eso dicen que los darwinistas son deterministas. Pero no conozco ninguno que sostenga que el destino del hombre o de la evolución estén predeterminados de ninguna forma. Los genes, el azar, la selección natural, son las variables de la evolución no un destino fatal. El objetivo de la teoría de la evolución o de cualquier teoría científica no es darle significado a la vida sino construir un modelo de la realidad que permita hacer ciertas predicciones, un modelo apoyado en evidencias no en visiones proféticas u opiniones subjetivas. No hay nada en ella (en la teoría) que le impida a uno gozar, le quite valor a la experiencia de vivir o niegue el libre albedrío. Poder sentir, decidir y cooperar son, de hecho, ventajas competitivas en la selección natural.

-Que la evolución se da en etapas equidistantes. Etapas que en el dibujo parecen sólo un saltito, segmentos que parecen equivalentes en tiempo. Pero el rítmo de la evolución de cada especie es diferente. Mientras de una rama pueden surgir miles de ramitas en un período determinado de tiempo de otra puede no salir nada.

-Que la evolución es transformación más que de diversificación. En el dibujo estamos viendo la película de como nuestros ancestros de otras especies fueron transformándose en el tiempo hasta convertirse en nosotros. Como si el hombre y el chimpancé tuvieran un parentesco lineal en lugar de un ancestro común en los antropoides extintos. De los antropoides se originan varias ramas una de ellas la que dio origen a los homínidos y otra que dio origen a los chimpancés. Por eso para explicar la evolución de la vida la imagen de un árbol funciona mejor. Así se aprecian las distancias entre las diferentes ramas y troncos. Con los chimpancés compartimos el 98% de nuestro genoma, pero esa variación relativamente pequeña implica 40 millones de diferencias entre los tres billones de moléculas de DNA. Claro que a la MissChela esto último le hubiera dado igual, para ella no había ninguna diferencia entre los chimpancés y sus alumnos.

Juan dijo...

El problema de tener como variable de una teoría cualquiera al azar, no es cosa menor. El azar es la abstracción de una causa desconocida o indeterminada para un efecto observado. No es algo real, algo que se pueda cuantificar. En realidad cualquier fenómeno conocido tiene una o varias causas. Por ejemplo, cuando en una computadora se quiere simular el azar, se tienen que esconder muy bien las causas o pasos que llevan a la producción de un número.
Si en 2% de variación entre el genoma humano y el del chimapncé hay tantas diferencias esto podría significar que no estamos emparentados en lo absoluto, ya que también tenemos el genoma muy parecido al de las abejas (casi la mitad) y nunca les hemos reclamado nada a ellas.
Sin duda el concepto de selección natural deja muchas dudas. Si observamos solamente a los humanos nos damos cuenta de la infinidad de factores que entran en juego en el momento de la reproducción, por lo que cualquier simplificación resulta engañosa. Y, aunque es difícil contrarrestar la idea de que los humanos somos la cereza en el pastel de la evolución, lo que más me crea escepticismo es la pretención de presentar la conciencia como un atributo solamente humano y producto de la evolución.
Una cosa interesante es que al producirse una mutación mínima en el genoma humano lo que resulta es cáncer, no evolución.

Paula dijo...

El azar al que te refieres es el de la mecánica de Newton donde, en efecto, hay un rompimiento de la cadena causal y el evento es esencialmente caótico . Pero “azar” tiene otro sentido que se refiere a la imposibilidad de predecir un evento de causa(s) conocida(s), por ejemplo, el movimiento browniano o la descomposición de un átomo. Los cambios en el genoma no tienen nada que ver con el primer sentido sino con el segundo.

En todo el proceso de evolución, el azar (en el segundo sentido) sólo interviene en el proceso de mutación (y no necesariamente). La selección natural, por ejemplo, no es un proceso azaroso en ninguna forma. Así como la mecánica cuántica no es una teoría del azar, tampoco lo es la de la evolución.

Todos los organismos vivientes estamos emparentados de alguna forma porque la diversificación implica que hay un tronco común (menos los japoneses claro, ellos son de otro planeta). La evolución deja sus huellas en los genomas. La abeja es un pariente muy lejano y el chimpancé uno muy cercano. Por cierto, muchos biólogos piensan que las abejas tienen algún nivel de consciencia. Pero definitivamente concuerdo con tu escepticismo porque la investigación en este tema de la consciencia está todavía en pañales.

Juan dijo...

Aquí llegamos al punto crucial de la discusión, creo. La relación entre cuerpo y mente. En realidad, la conciencia, sinónimo de mente en este caso, es desde un punto de vista el único fenómeno metafísico conocido. No es posible detectarla con instrumentos físicos ni se puede cuantificar, ni medir. Se pueden, claro, monitorear y medir los efectos (¿o son causas? esa es la pregunta) de la conciencia en el cuerpo, particularmente en el cerebro. Pero la mente parece tener una naturaleza completamente distinta, no física ni siquiera en una forma sutil. Pues bueno, eso tiene a los científicos de cabeza. Y aquí el dilema. Si la mente es un producto del cuerpo, algo así como la bilis del sistema nervioso; o si todo, incluyendo el cuerpo, es un producto de la mente. En un sentido descartiano, pero más bien budista. Y entonces la realidad, incluyendo la evolución y todas las demás idiosincracias, serían inverificables.

Juan dijo...

Y eso precisamente podría explicar la imposibilidad de predecir el comportamiento de las particulas en la mecánica cuántica. Es decir, las causas conocidas, ¿son las causas determinantes o son sólo circunstanciales?
¿Tiene algo que ver la percepción de quien realiza el experimento?
Básicamente la premisa budista es que el mundo no existe allá afuera esperando a ser experimentado. La relación dependiente dice: no hay mente sin objeto, ni objeto sin mente.

Paula dijo...

Hay muchos fenómenos cuya detección o medición es indirecta (la velocidad del viento, la masa de una partícula subatómica, la antiguedad de un fósil, la fuerza de gravedad, la evolución de la vida en la tierra). Precisamente porque se pueden medir sus efectos es que los cosideramos fenómenos físicos. Nadie se atrevería a decir que la gravedad es una fuerza metafísica a pesar de que sólo podemos inferir su existencia a partir de sus efectos observables (la manzana que se cae del árbol). En cambio, no podemos detectar ni medir los efectos de un fantasma o de un ángel, por eso los acomodamos en el mundo de la metafísica.

La naturaleza de la consciencia es un misterio en el mismo sentido en que la naturaleza del tiempo es un enigma. Ambos son fenómenos peculiares y complejos que los científicos apenas estan comenzando a comprender. Pero el misterio no es intrínseco a los fenómenos, son un misterio precisamente porque todavía no los podemos comprender bien. El fuego, los eclipses, el movimiento de los astros y el verdadero sexo de Ana Guevara alguna vez también fueron un misterio para los hombres.

Juan dijo...

Pero la velocidad del viento es claramento una propiedad del viento. ¿O serán la misma cosa? mmm. La antigüedad del fósil se puede inferir pero el fósil se tiene que percibir directamente.
De la conciencia sabemos porque todos tenemos una, pero no podemos percibir ninguna otra. Podemos inferir muchas cosas sobre ella pero si la investigamos lo que percibimos es solamente la relación que tiene con el cuerpo. Imposible cuantificar una idea o un pensamiento. Incluso si intervenimos el cerebro lo único se ve es la actividad bioeléctrica, que ciertamente no son las ideas, pues éstas no parecen tener propiedades físicas. Incluso una partícula subatómica se puede localizar, amplificar y representar. Pero el hecho de que la conciencia sea precisamente el agente "conocedor" es altamente sospechoso. Puede que todo sea un juego.